sábado, 7 de junio de 2014

Mi pequeña diosa.


Cansado de saber que todo lo que vemos y tocamos ya no es nada



EL CUERVO


Una vez, al filo de una lúgubre medianoche,

mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,

inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,

cabeceando, casi dormido,

oyese de súbito un leve golpe,

como si suavemente tocaran,

tocaran a la puerta de mi cuarto.

"Es -dije musitando- un visitante

tocando quedo a la puerta de mi cuarto.

Eso es todo, y nada más."

¡Ah! aquel lúcido recuerdo

de un gélido diciembre;

espectros de brasas moribundas

reflejadas en el suelo;

angustia del deseo del nuevo día;

en vano encareciendo a mis libros

dieran tregua a mi dolor.

Dolor por la pérdida de Leonora, la única,

virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.

Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante

de la seda de las cortinas rojas

llenábame de fantásticos terrores

jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,

acallando el latido de mi corazón,

vuelvo a repetir:

"Es un visitante a la puerta de mi cuarto

queriendo entrar. Algún visitante

que a deshora a mi cuarto quiere entrar.

Eso es todo, y nada más."

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,

y ya sin titubeos:

"Señor -dije- o señora, en verdad vuestro perdón imploro,

mas el caso es que, adormilado

cuando vinisteis a tocar quedamente,

tan quedo vinisteis a llamar,

a llamar a la puerta de mi cuarto,

que apenas pude creer que os oía."

Y entonces abrí de par en par la puerta:

Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura

permanecí largo rato, atónito, temeroso,

dudando, soñando sueños que ningún mortal

se haya atrevido jamás a soñar.

Mas en el silencio insondable la quietud callaba,

y la única palabra ahí proferida

era el balbuceo de un nombre: "¿Leonora?"

Lo pronuncié en un susurro, y el eco

lo devolvió en un murmullo: "¡Leonora!"

Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,

toda mi alma abrasándose dentro de mí,

no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.

"Ciertamente -me dije-, ciertamente

algo sucede en la reja de mi ventana.

Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,

y así penetrar pueda en el misterio.

Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,

y así penetrar pueda en el misterio."

¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,

y con suave batir de alas, entró

un majestuoso cuervo

de los santos días idos.

Sin asomos de reverencia,

ni un instante quedo;

y con aires de gran señor o de gran dama

fue a posarse en el busto de Palas1,

sobre el dintel de mi puerta.

Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano

cambió mis tristes fantasías en una sonrisa

con el grave y severo decoro

del aspecto de que se revestía.

"Aun con tu cresta cercenada y mocha -le dije-.

no serás un cobarde.

hórrido cuervo vetusto y amenazador.

Evadido de la ribera nocturna.

¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!"

Y el Cuervo dijo: "jamás."

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado

pudiera hablar tan claramente;

aunque poco significaba su respuesta.

Poco pertinente era. Pues no podemos

sino concordar en que ningún ser humano

ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro

posado sobre el dintel de su puerta,

pájaro o bestia, posado en el busto esculpido

de Palas en el dintel de su puerta

con semejante nombre: "jamás."

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.

las palabras pronunció, como virtiendo

su alma sólo en esas palabras.

Nada más dijo entonces;

no movió ni una pluma.

Y entonces yo me dije, apenas murmurando:

"Otros amigos se han ido antes;

mañana él también me dejará,

como me abandonaron mis esperanzas."

Y entonces dijo el pájaro: "jamás."

Sobrecogido al romper el silencio

tan idóneas palabras,

"sin duda -pensé-, sin duda lo que dice

es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido

de un amo infortunado a quien desastre impío

persiguió, acosó sin dar tregua

hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,

hasta que las endechas de su esperanza

llevaron sólo esa carga melancólica

de "Jamás, jamás."



1 Palas Atenea: diosa griega protectora de la inteligencia.



Mas el Cuervo arrancó todavía

de mis tristes fantasías una sonrisa;

acerqué un mullido asiento

frente al pájaro, el busto y la puerta;

y entonces, hundiéndome en el terciopelo,

empecé a enlazar una fantasía con otra,

pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,

lo que este torvo, desgarbado, hórrido,

flaco y ominoso pájaro de antaño

quería decir graznando: "jamás,"

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,

frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,

quemaban hasta el fondo de mi pecho.

Esto y más, sentado, adivinaba,

con la cabeza reclinada

en el aterciopelado forro del cojín

acariciado por la luz de la lámpara;

en el forro de terciopelo violeta

acariciado por la luz de la lámpara

¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire

se tornaba más denso, perfumado

por invisible incensario mecido por serafines

cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.

"¡Miserable -dije-, tu Dios te ha concedido,

por estos ángeles te ha otorgado una tregua,

tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!

¡Apura, oh, apura este dulce nepente

y olvida a tu ausente Leonora!"

Y el Cuervo dijo: "jamás."

"¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!

¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio

enviado por el Tentador, o arrojado

por la tempestad a este refugio desolado e impávido,

a esta desértica tierra encantada,

a este hogar hechizado por el horror!

Profeta, dime, en verdad te lo imploro,

¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?

¡Dime, dime, te imploro!"

Y el cuervo dijo: "jamás."

"¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!

¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!

¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,

ese Dios que adoramos tú y yo,

dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén

tendrá en sus brazos a una santa doncella

llamada por los ángeles Leonora,

tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen

llamada por los ángeles Leonora!"

Y el cuervo dijo: "jamás."

"¡Sea esa palabra nuestra señal de partida

pájaro o espíritu maligno! -le grité presuntuoso.

¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.

No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira

que profirió tu espíritu!

Deja mi soledad intacta.

Abandona el busto del dintel de mi puerta.

Aparta tu pico de mi corazón

y tu figura del dintel de mi puerta.

Y el Cuervo dijo: “jamás."

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.

Aún sigue posado, aún sigue posado

en el pálido busto de Palas.

en el dintel de la puerta de mi cuarto.

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse. ¡Jamás!

NARRACIONES EXTRAORDINARIAS
 Edgar Allan Poe

sábado, 31 de mayo de 2014

Quien gobierna las tinieblas gobierna también nuestra sangre.


¿ Por qué estoy vivo
y el vaso lleno de agua
y la puerta cerrada
y el cielo igual que ayer
y los pájaros dorados
y mi lengua mojada
y mis libros en orden ?

¿ Por qué estoy muerto
y el vaso igual que ayer
y la puerta dorada
y el cielo lleno de agua
y los pájaros en orden
y mi lengua cerrada
y mis libros mojados ?

J.E.E

miércoles, 21 de mayo de 2014

_ Encima de tu cuerpo debajo de tu cuerpo




El esplendor de tus mejillas

y tus hueso el sabor
De tu saliva tu sangre tu orina
Y todos tus líquidos secretos
Arterias y glándulas de seda
Los Más brillantes cristales
Encerrados en tu ombligo
No son nada
Comparados con la luz
De tu mirada

J.E.E

sábado, 17 de mayo de 2014

Expiación




SILENCIO



Las cumbres de la montaña dormitan;

Los valles, los peñascos y las cuevas están en silencio

Aloman

"Escúchame -dijo el demonio, poniendo su mano sobre mi cabeza-. El país que te digo es
una región lúgubre. Encuéntrase en Libia, junto a las orillas del Zaire. Allí no se encuentra
descanso ni silencio." Las aguas del río son de un tinte azafranado y lívido. No corren hacia el mar, sino que eternamente se agitan, bajo la pupila roja del sol, con un movimiento convulsivo y tumultuoso. A ambas orillas de este río de fangoso cauce extiéndese, en una distancia de muchas millas, un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Uno contra otro, ofréncese como anhelantes en esta soledad, y dirigen hacia el cielo sus largos cuellos espectrales, fantasmales. Inclinan, a un lado y otro, sus perennes corolas. De ellos sale un rumor confuso que se parece al refugio de un torrente subterráneo. Y el uno inclinándose hacia el otro, suspiran; pero se halla una frontera en su imperio, y ésta es una selva densa y oscura. Desde luego, horrible. 

A semejanza de las olas en torno de las islas Hébridas, los árboles están allí en perpetua agitación, y no obstante, no sopla viento alguno en el cielo. Los enormes árboles primitivos se balancean continuamente, cediendo a otro lado, con un estrépito impresionante. Y de sus altas copas, llorando gota a gota, se filtra un inacabable rocío. Extrañas flores venenosas se retuercen a sus pies en un perpetuo duermevela. Y sobre sus copos, provocando un suave eco, nubes de plomo se precipitan hacia el Oeste, hasta que como una catarata se vierten detrás del muro ardiendo del horizonte. Pero a pesar de ello, repito, no hay fuerte viento, y a ambas orillas del Zaire, no existe el silencio ni la calma.

Era de noche y caía la lluvia. Y cuando caía, era lluvia; pero caída ya, dijérase sangre.
Encontrábame en medio de la marisma, y cerca de los nenúfares gigantescos, y caía la lluvia sobre mi cabeza, en tanto suspiraban los nenúfares. El cuadro era de una desolación solemne. De pronto, a través del leve velo de la funérea niebla, se levantó la luna. Una luna roja. Y mis ojos se fijaron entonces en una gran roca gris que se alzaba en la margen del río y a la que aquélla iluminaba. La roca era gris, siniestra, altísima...

En ella había unos caracteres grabados. Avancé hacia ella por la larga marisma de nenúfares, hasta que me encontré próximo a la orilla, para poder leer aquellos caracteres grabados en la piedra. Pero no podía descifrarlos. Decidí, en esto, retroceder, y la luna brilló entonces con un rojo más vivo. Me volví y miré otra vez hacia la roca. Volví a mirar los caracteres. Y finalmente, pude leer estas palabras: DESOLACIÓN.

Miré hacia arriba. En lo alto de la roca había un hombre en pie. Y, para espiar sus acciones, me escondí entre los nenúfares... El hombre era imponente, mayestático, y desde los hombros hasta los pies, envolvíase en la toga de la antigua Roma. Su silueta era indistinta, pero sus rasgos eran los de la divinidad. Porque, a pesar de las sombras de la noche, y de la niebla, sus rasgos faciales fulguraban.
Su frente era ancha y reflexiva. Y los ojos aparecieron nublados por las cavilaciones.
Leíanse en las arrugas de sus mejillas las imaginaciones del tedio, del cansancio y del disgusto de la Humanidad, a la vez que un gran deseo de soledad.

Sentóse el hombre sobre la roca, apoyó en sus manos la cabeza, paseó sus miradas por la desolación que le rodeaba. Contempló losarbustos siempre inquietos, y los grandes y primitivos árboles. Miró a lo alto, a las nubes y a la luna roja. Y yo, escondido al amparo de los nenúfares, no perdía ninguno de sus actos, pudiendo apreciar cómo temblaba el hombre en medio de la soledad. Así avanzaba la noche, pero el hombre continuaba sentado sobre la roca. 
 
Apartó del cielo su mirada para fijarla sobre el lúgubre Zaire, siguiendo con los ojos las aguas amarillas y las legiones pálidas de nenúfares. Parecía escuchar los suspiros de éstos y el murmullo que se alzaba de las aguas. Desde mi escondite seguí observando los actos del hombre. Vi cómo continuaba temblando en la soledad. Avanzaba más y más la noche, pero el hombre permanecía sentado sobre la roca. Me abismé en las simas remotas de la marisma, y anduve a través del bosque susurrante de nenúfares. Llamé a los hipopótamos que vivían en aquellas profundidades, y las bestias escucharon mi llamada, viniendo hasta la roca, rugiendo, sonora y espantosamente. Todo bajo la luna.
Maldije a los elementos. Y una tempestad horrible se formó en el cielo. Allí donde apenas momentos antes corría un soplo de brisa. El cielo se volvió lívido bajo la violencia de la tempestad, azotaba la lluvia la cabeza del hombre, y se desbordaban las olas del río. Este, torturado, saltaba rizado en espuma. Y crujían los nenúfares en sus tallos. 
 
El bosque se agitaba al viento. Se derrumbaba el trueno. Centelleaba el relámpago. Y el hombre, amo siempre, temblaba en la soledad, sentado sobre la roca.
Irritado, maldije con la maldición del silencio; maldije al río y los nenúfares, al viento y al bosque, al cielo y al trueno, a los suspiros de los nenúfares

... Entonces se tornaron mudos.
Y cesó la luna en su lenta ruta por el cielo.

El trueno expiró y no centelleó el relámpago. Quedáronse quietas las nubes, descendieron las aguas de sus lechos, y cesaron de agitarse los árboles. Ya no suspiraron los nenúfares. Ni se elevaba el menor rumor, ni la sombra de un sonido, en todo aquel gran desierto sin límites. Volví a leer los caracteres grabados sobre la roca. Habían cambiado. Ahora decían esta palabra: SILENCIO.
Fijé mis ojos en el rostro del hombre. Estaba pálido de miedo. Levantó apresuradamente la cabeza que tenía entre las manos y se incorporó sobre la roca. Aguzó, entonces, los oídos. Pero en todo aquel desierto sin límites no se oyó voz alguna. Y los caracteres grabados sobre la roca seguían diciendo: 
 SILENCIO.
El hombre se estremeció y volvióse de espaldas. Y huyó lejos, muy lejos.
Apresuradamente. Y ya no le vi más.

* * * 

Se encuentran bellos cuentos en los libros de magia, en los tétricos libros de los magos, en esos libros que están encuadernados en piel. Digo que hay allí magníficas historias del cielo y de la tierra, así del fiero mar como de los genios que han reinado sobre él; sobre la castigada tierra y acerca del cielo sublime. Hay, asimismo, gran sabiduría en las palabras que han sido dictadas por las sibilas. Y sagradas cosas fueron escuchadas en otro tiempo por las hojas sombrías que temblaban alrededor de Dodona... Pero, tan cierto como que Alá está vivo, considero a esta fábula, que el demonio me hizo ver cuando se sentó a mi lado en la sombra del sepulcro, como la más maravillosa de todas.
Y cuando el demonio hubo concluido de guiarme, se hundió en las profundidades del mismo sepulcro y comenzó a reír. Yo no pude reír con él, provocando sus maldiciones. Y el búho, que continúa en el sepulcro por toda la eternidad, salió de él, y púsose a los pies del demonio, y le miró a la cara fijamente.




NARRACIONES EXTRAORDINARIAS

 Edgar Allan Poe